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Publicado en el anuario nº 20 correspondiente al año 2000
de la Asoc. de amigos de la Coral
LAS AUSENCIAS
Suele decirse de los gallegos que arrastran la nostalgia (o morriña, que es mejor) como una cruz ínsita al nacimiento. Sin desmitificar el tópico, convendría aventurar que esa nostalgia acompaña, prácticamente de forma inseparable, a cualquier ausencia, aunque los gallegos fueran, al final, los que criaran la fama.
En cierta ocasión asistí a un concierto de Amancio Prada, nostálgico, humano y poeta que rememoraba la inefable impresión que sentía cada vez que, al entrar en Extremadura, las dehesas -esos mares de encinas que nos ha brindado la naturaleza- comenzaban a envolver sus kilómetros de viajero. En aquel mismo acto y a modo de alegato en pro de una tierra deprimida, afirmó que no era de bien nacidos renegar de las raíces y que poseíamos un patrimonio natural envidiable. Yo, que nunca he hecho gala de un extremeñismo exacerbado y, en general, de nada que resulte salido de tono, debo confesar que experimentar la ausencia de Extremadura es afrontar la nostalgia sin remedio, descubrir un sentimiento de apego desconocido para uno mismo. Es innegable, como suele decirse, que las cosas no son valoradas mientras se poseen, y una vez perdidas, se desean con vehemencia. Para un extremeño, faltar de la tierra es desearla, un callado y permanente anhelo.
La nostalgia, lírica y, por qué no, incisiva y puñetera, encuentra el acicate a su existencia en los paisajes, las calles de un pueblo, las canciones del folklore, las costumbres de una localidad, y, por supuesto, las personas. Sentir nostalgia es sentir la ausencia, es ser y estar ausente, vivir en el recuerdo lo que la distancia -ya sea física o temporal, o incluso, mental- nos obliga a vivir.
Afortunadamente, hoy en día el nomadismo o el exilio que acompañan ese sentimiento tienen una clara raíz laboral. Han desaparecido de nuestra tierra otro tipo de factores que impulsaron en su momento las ausencias. Los emigrantes extremeños conocieron el significado pleno de ese "mal de la tierra". En los escritos de nuestros más ilustres emigrantes, el recurso a la tierra aureola el ambiente nutriéndolo con el impulso inevitable del recuerdo, a fin de cuentas, la única panacea para sentir cercano lo que no lo está.
En el caso de la persona que les habla -porque a estas alturas el paciente lector se habrá preguntado qué motiva mi pequeña reflexión-, la situación aúna todas las connotaciones que puede enfrascar la ausencia. Personalmente, vivir fuera de Extremadura, me provoca una añoranza insoslayable de las personas. Pero es desde el punto de vista de la escritura, faceta ésta que, con más o menos fortuna, vengo exhibiendo últimamente, donde he registrado los mayores indicios de ausencia, o lo que es lo mismo, de nostalgia. La necesidad de escribir sobre la tierra cobra en la distancia un latido vital, una mezcla de deseo e insatisfacción, quizá por ser la literatura una forma de vivir la ausencia. Estoy convencido, no obstante, que la escritura resulta, al final, insuficiente para suplir la sensación nunca valorada de la presencia. Ningún verso, ninguna crónica, ningún artículo puede paliar la nostalgia porque, como dijera el mágnifico poeta Ángel González,
"y sonrío y me callo porque, en último extremo,
uno tiene conciencia
de la inutilidad de todas las palabras".
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