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Artículo publicado en la revista conmemorativa del tercer centenario
del Colegio El Cristo, 18 de mayo de 2002
HACE TIEMPO
Uno alberga la sensación de que el tiempo se le escapa de las manos. Resulta que el humano-hombre no posee entre sus habilidades supuestas la de detener los instantes, congelar las sensaciones, dilatar los momentos, y el gozo de éstos es, por lo común, tan fugaz como inconsciente. Tal vez por fortuna, no somos dueños de los cómputos temporales que hemos diseñado y cualquier forma de aproximación a la sensación de permanencia es falaz. Dicho de esta forma, pareciera que una filosofía derrotista embadurnase este proyecto de artículo, pero traigo la reflexión a colación del evento que ahora conmemoramos.
Recuerdo, de pequeño, a mi abuela, escurriéndose entre las monótonas labores del hogar en su vieja casa de La Laguna. Siempre la vi como una mujer muy mayor, como si jamás hubiese sido joven. En más de una ocasión me comentó que ella había estudiado en la Escuela del Cristo y que, ya por entonces, tenía más de cien años. Por esto, cuando me llamaron para colaborar en esta publicación, me sorprendió que éste fuese el tercer centenario del colegio: una de dos, o su cumpleaños se celebraba únicamente en los años bisiestos, o yo estaba equivocado. Esta última aseveración parece, quizá, la más probable. Sean doscientos o trescientos, lo cierto es que ambas cifras dan para muchas vidas, para muchas lecciones de aritmética, para muchos silencios. En fin, que la lista de reyes estudiada durante el primer año de vida de la escuela poco tiene que ver con la que se estudia en nuestros días, si es que en nuestros días se estudian los reyes, que lo dudo.
Me viene a la memoria el descubrimiento de la lectura y la escritura de mis primeros versos, tan bondadosos como anecdóticos. En aquellos años, la biblioteca del colegio era una sala diminuta aunque tan poco utilizada y concurrida que aun sobraban algunos metros: como dice el refrán, de lo poco sobró y de lo mucho hizo falta. Recuerdo perfectamente el primer libro del que hice uso como prestatario: Zalacaín el Aventurero. Por aquel entonces, yo desconocía que todos los personajes de Pío Baroja acaban muriendo y que, de la quema, sólo se salvaban los actores secundarios. Combatí aquellos traumas con las heroicidades novelescas de Emilio Salgari y el mundo fantástico y precursor de Julio Verne, amén de zurrarle a los clásicos, que ya era deformación suficiente para un niño de mi edad. Me pregunto cuántas vocaciones de lector habrán nacido entre las paredes de aquel viejo colegio.
El viejo colegio era así, muy viejo. Sus muros enjalbegados, lejos de erigirse en la prisión de los años nuevos eran el límite que marcaba el verdadero flujo vital, un mundo repleto de historias y vivencias, de juegos y profesores casi legendarios. Al crecer, uno termina por desmitificar todo lo que la infancia y la pubertad entronizan. Sin embargo, y a pesar del demoledor transcurso del tiempo, los profesores o, mejor, los maestros de la escuela, permanecen rodeados, por alguna extraña predestinación, de la aureola de seres entrañablemente míticos. No nombraremos a ninguno ya que, hacerlo, sería olvidar de forma injusta a -¡qué barbaridad!- tres siglos de docencia.
Solía decir Vicente Aleixandre que la memoria del hombre está en sus besos. Entiendo que la palabra besos posee aquí un alcance y significación muy superiores al mero acto físico de estampar los labios en una mejilla o en otros labios. Para mí, el beso es un descubrimiento. Cuántos descubrimientos nos habrán acompañado desde aquellos días de escuela hasta nuestra edad. Y, sobre todo, cuántos de los descubrimientos de aquella época habrán marcado de forma indeleble el resto de nuestras vidas. Sin duda, demasiados, pero también se encuentra entre los defectos del hombre la imposibilidad de reconocer sus propias huellas.
Hace tiempo, a las puertas viejas del viejo colegio se agolpaba una marabunta de muchachos que aguardaban la hora de entrada en las aulas. Aquellos muchachos, como los de ahora, como los de hace tres siglos, vivían sus momentos sin percatarse de que eran tan efímeros como inolvidables. Aquellos muchachos –yo mismo- emitían un ensordecer vocerío cuando -¡vaya sorpresa!- las puertas del colegio no podían abrirse porque cualquier otro muchacho había metido palillos en la cerradura, y se planteaba al unísono la necesidad de descerrajar aquella cerradura y el deseo de que jamás volviera a abrirse. El acto sin moralidad de taponar el acceso se desvanecía lentamente cuando uno se percata que, a los once o doce años, aún no se ha llegado a estudiar la página de los diccionarios donde aparece la letra eme; tampoco se han estudiado los injustificables motivos del terrorismo, la razón ilógica que rige las fluctuaciones bursátiles o la terrible realidad de las desigualdades. A los once o doce años, uno querría tener trescientos años, como el colegio, y no tener que dar explicaciones a nada. Somos una fotografía en la memoria de la vieja escuela, como dijeran los Beatles, un día en la vida. |
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