| |
EL RAÍL
Puso la moneda sobre el raíl. Era una moneda grande, antigua, indescifrable para sus diez años, con su cara y con su cruz, con un rostro desconocido y un escudo jeroglífico, redonda –como buena parte de las monedas-, bueno, redonda con matices, irregularmente redonda, aunque, a decir verdad, no se apreciaba si era fallo de fábrica o tiempo de espera. La había encontrado en el viejo baúl, en la buhardilla, el mismo baúl que guardaba el abuelo en el doblado de su casa, el mismo cuya procedencia escapaba a las preguntas que él se podía hacer o podían interesarle, como el origen de la moneda. Será falsa, pensó. Cualquier otro niño hubiese soñado que era un tesoro, pero él descartó esto de forma inmediata. Sin embargo, poseía un dorado sospechosamente inusual.
Por eso, la colocó con esmero encima del raíl. Cuando el tren la pise, se dijo, sabremos si es buena o es un pedazo de latón. A lo lejos ya se escuchaba el pitido, grave, prolongado, acechante. Un escalofrío, la impaciencia, le recorrió el cuerpo. Agazapado detrás de un tojo, pasaron ante su mirada, como una exhalación, la locomotora y el convoy. Cuando se acercó hasta el raíl, no pudo encontrar la moneda, sólo, sobre el mismo, una cara antigua, nariguda, y algo escrito que decía Carolus III, Rex Hispanorum.
|
|