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El rail
Y digo su nombre
 
     
 

Y DIGO SU NOMBRE

     Ha llegado el invierno. A través de la ventana, bajo la titubeante luz de la tarde, la ciudad parece agonizar. Los tejados sudan frío y, alrededor,  sólo puede verse el humo de las calefacciones y un sol de miniatura. Las antenas forman un desalineado ejército metálico que intenta el regreso tras la derrota. El fondo es un ruido que no cesa. Abajo, palpita la calle sin mí.
     Sueño con Ana.
     La veo moverse ágilmente por la habitación, casi desnuda, desdeñando la temperatura al otro lado de los cristales. Es una figura amable,  de tímida silueta. Con un ademán de danza prohibida, me trae licor a los labios. Su textura es rugosa pero domina el paladar con el sabor de las manzanas verdes. La beso; me besa. Y comenzamos a acariciarnos tan lentamente que el juego se vuelve eterno, como la partida de ajedrez que no admite más solución que las tablas o el suicidio de algún contendiente. Luego, imagino sus palabras, dulces, susurradas en mi oído como dardos de almíbar. Se ha repetido alguna vez, el sabor, el olor, las yemas de los dedos palpando el mismo recorrido, aprendido ya de memoria. Más tarde, despierto. Todo lo soñado se diluye en la cotidianidad del apartamento vacío, de los sonidos, siempre iguales, que pululan por las estancias y que las hacen suyas.

     La última vez que la encontré, ojeaba discos en una tienda del centro. La observé desde el rincón de solistas extranjeros. Varios minutos interpretando cada movimiento involuntario, subconsciente. Las consultas furtivas del reloj, la lectura de los títulos. Contenía la respiración como si aquello pudiese evitar el ser descubierto, como si cualquier movimiento fuera definitivo. Hasta que su mirada instintiva me invitó a desistir de aquel acoso infantil. Entonces, algo nervioso por la observación robada, fingí haber encontrado el disco buscado y me dirigí hasta el mostrador de caja. Sentí a mis espaldas que sus ojos me acompañaban hasta la puerta. Cuando abandoné el local ni siquiera sabía lo que había adquirido. Hubo suerte: una recopilación de James Taylor, Fire and Rain, Something in the way she moves, Carolina in my mind. Desde ese momento lo escucho una y otra vez como si, en realidad, fuese ella quien hubiera elegido ese disco para mí y aquellas canciones identificasen la nada que nos une, el abrazo que no se da, las frases que no son pronunciadas y, sobre todo, la certeza de su cuerpo  persiguiendo cada pensamiento perdido.
     Pero tan pronto como viene se marcha.

     Ha llegado el invierno y me sirve justo para recordar que no hará un año que apareció ella.
     Ana, y digo su nombre.
     Llevaba pantalón y cazadora vaquera, aún el tiempo no era una amenaza. Entró sin hacerse notar, y lo hizo para quedarse y husmear en el hueco que abre el corazón a los extraños sin pedir permiso. Su melena castaña y lisa le caía apenas sobre los hombros, y empecé a dibujarla con diademas blancas y pequeñas horquillas que dejaban ver su semblante más luminoso, con estructura de sonata de  único movimiento.
     Disfruté de aquella primera visión con la avidez que los niños muestran hacia los juguetes nuevos. Me asaltaron  ganas de cruzar algunas palabras, pero jamás había hecho algo semejante. Callé también ahora. Se acatan las costumbres incluso en el amor que no comprendemos. Sin tener plena conciencia de en qué punto de la ciudad me encontraba, la seguí por la acera de enfrente. Resultó que vivía tan sólo a dos manzanas de mi casa. Pasados unos segundos desde que desapareciera de mi vista, me adentré en aquel viejo portal. He retomado el ejercicio en más ocasiones. Sólo así, comprobando donde se detenía el ascensor y cotejando los nombres de los buzones con los pisos, pude averiguar el suyo. Comparte casa con otra persona, un hombre, quizá, su marido; ella siempre va sola. Pero aquel primer momento en que confronté piso y buzón, no pude leer más que su nombre, a pesar de que aparecía en segunda posición. El nombre es la palabra que nos basta a veces para designar toda la persona y cuántas veces logra definirla. Ana es un nominativo corto y poderoso, cargado de la fuerza del impulso, de la intuición del preciso fin…e incluso tierno.

     Él era alto, delgado, bastante rubio. No podía discernir sus facciones, esas que tanto dicen y que siempre aportan los datos necesarios para enjuiciarle a uno. Entraba y salía solo, como ella, siempre deprisa. Parecía  esfumarse entre el gentío de la hora punta y reaparecía como niebla por las noches, de nuevo solo, anhelante, tal vez, de la bienvenida y del olor a incienso y a velas perfumadas dispuestas sobre la repisa de la bañera. El cuerpo ya sumergido de ella en las aguas vaporosas, trasluciendo bajo la espuma fina sus senos jóvenes y el oscuro secreto de su sexo.
     Ayer mañana me acerqué hasta el portal. Esta vez no buscaba a Ana. Gravé en la memoria el nombre que rezaba sobre el buzón, junto al suyo. Era, por el contrario, un nombre largo, oscuro, cargado de vericuetos, seguido de dos apellidos comunes. Siempre ocurre, lo menos llamativo, lo más ordinario o habitual nos aparta del deseo y del envés necesario que hace más llevadera  la realidad.
     Y se hizo de noche. Tan oscura, tan vacía.
     Intento llegar al portal, lo consigo y allí que lo espero empuñando una navaja sin brillo en la hoja. No hay tiempo de aprendernos los rostros, de inventarnos explicaciones, de identificar lo que nos resta de dignidad. Lanzo el brazo en seco y avanza sin oposición hasta que noto mi mano  frenada por su carne dura. Se escucha un ligero gemido. Luego se desploma y, sin explicación aparente, le acompaño en la caída que nos tiñe de rojo. Apagamos el resuello sobre las frías baldosas; él, para siempre.

     Entonces despierto y tengo los puños cerrados y me duelen los dientes de apretarlos unos contra otros.
     Ana no existe.
     La sueño una y otra vez, acercándose hasta mí, que permanezco inmóvil. Trae los labios del color de una fresa de mayo partida por el centro. Se los sello con mis dedos para que no pronuncie ninguna palabra. Así, en silencio, comienza a marcar los pasos de un baile de melodía y compás indescifrable. Únicamente la cubre un jersey blanco de hilo que transcribe sus caderas desnudas. La luz cae sobre el cuarto en un último empeño de supervivencia. Forman sombras los objetos, el jarrón de flores secas, el príapo del reposalibros, el hórreo de plata. Me fijo en sus pies. Son pequeños y ligeros y yo, desde la distancia que me atrapa en el sofá, comienzo a besarlos sin que cese su danza. Invade el espacio un olor a frutas maduras que no distingo. Y ella se aproxima y encara nuestros rostros. Callada, me deja mirar sus ojos fijamente. Son de un oscuro profundo, pero allá en el fondo puede verse el mar azul.

     Está lloviznando. 
     Entro en el portal. Me invade la esperanza de leer su nombre y repetirlo sin interrupción hasta que duela pronunciarlo. Repaso una a una las inscripciones que se apropian de cada  buzón, también el del sexto D. No me son conocidos. Penumbra entre aquellas paredes. Antes de salir del portal percibo la brisa que se filtra por la ranura de la puerta entreabierta. Me subo el cuello de la gabardina y miro al cielo. Hace frío. Creo que ha llegado el invierno.