Todo en una tarde gris. La mimosa
y la comba del mirto moribundo.
Se miraron sin presente. Un lapso
no medido por signos o palabras
derrotó la voluntad en la espera.
No entonaron el himno de los años.
Sólo el cruce de nostálgicos labios
y la conciencia, perezosa e hiriente,
de haber vendido un trozo de la vida.
Agosto ha cambiado su griterío
por un impulso dudoso de luna.
El mar, en su extensión insobornable,
posa las manos en mis aladares
repitiendo idénticos pentagramas
hasta algún límite que no adivino.
Lejos de cualquier escritorio, de los papeles
desordenados, de los artículos de prensa;
lejos de un mundo predecible y lineal,
se aproxima a mis oídos la balada ingenua
de un Agosto siempre prisionero en la retina.
Canturreos de vírgenes imantan
los sueños intensos de adolescente.
Sobre el susurro, una brisa arcaica.
Cayó el sol siglos atrás y las piedras
son besos traídos de la distancia.
Agosto nos ha huido hace tiempo.
Sé que nadie espera aquí.
La cancela de la casa de campo
reposa en su usada herrumbre de olvido.
Un día vimos tras ella los sueños
que con los años mueren lentamente.
Las mudanzas obstinadas y el hecho
de las horas arañando el crepúsculo.
Un árbol, una pared encalada
de nostalgia; el trasluz de leyendas
hurtadas en las laderas de un monte.
La vida no regresó a su placenta.
En el paseo, me estremece el viento,
confuso testigo de este deceso
que llegó en un momento de distancia.
Ajusto la mirada en el vacío
y sé que nadie pisará la tierra
que yo piso en una tarde de octubre,
sin que todavía el otoño-niño
haya mostrado su púdico cuerpo.
TARDE DE NOVIEMBRE
Una mortecina luz se entorna
en la tarde endeble de noviembre.
(Sobre el alféizar ya no se ensueña
la aurora perezosa de otra época).
La bruma, amante del ocaso,
descerraja secretos antiguos.
Por la estancia vaga con rutina
el rictus errante del verano.
Tan lejos y tan cerca la ausencia
desdibuja el rostro perseguido
junto a algún mar y tras la cadencia
de las reposadas caracolas.
Se alejan los motivos que fueron
de una vida caminada a trechos
sin que la continuidad descubra
el semblante humano de las cosas.
Todo se agolpa en un intervalo
de ruidos pulcramente compuestos,
y, como el crujido de los goznes,
estalla la ubicua soledad.
Sin nada he vivido en esta tierra,
sin la palabra que deseé;
los amigos que tuve algún día,
lo fueron por darme su silencio;
las mañanas que vi amanecer
nacieron frías y solitarias.
Nunca me importó que los relojes
traicionaran mi propia semblanza
ni que derrotaran el afecto
que regalé a quien no pudo verme.
Desprecié títulos y lisonjas
como la juventud se renuncia.
Por eso, ya puedo confesar
lo que escondiera en otro momento,
y a pesar de la vida ganada,
todo perdí sin haber jugado.
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