EQUILIBRIO
Buscamos equilibrio
en las palabras y en los hechos.
Desde jóvenes fuimos enseñados
a orillar lo irredento de las cosas:
somos abandono y evitación.
Lo que pretendemos o nos pretende
añade siempre un poso de ácido,
un incorruptible sendero de imposibles.
Sin discurso, anhelamos
que los principios dejen ver su fin
y que los caminos respondan
a la ilusoria claridad de las mañanas.
Sin embargo, equivocamos el paso,
erramos en la visión de lo simple.
Todo, incluso la sonrisa,
se nos presenta
como una pedregosa senda de dilemas.
Es inimaginable otra ciudad.
Aquí obtuvieron los normandos
una victoria decisiva.
El Año del Señor de 1066.
Sabemos que toda ciudad
-ésta también-
es el asfalto sangrado a sus hombres.
La génesis fue tosca;
el crecimiento, lento.
Pero en el humano
fondo de esta plaza,
mullida de césped y cuidados narcisos,
ascienden los sonidos
en columnas grises hacia
una libertad
llena de olvidos y de voces.
Siento, bajo el sosiego de este viaje,
que te transformas en otra misión,
en el velo lento de las palabras
que caen adivinando el crepúsculo.
Llueve en Schönbrunn.
El imperio abarca un vasto espejismo
que descuelga su sombra en la mañana.
No resta nada, sino la leyenda,
la memoria de una época que, dicen,
esmalta sus hazañas en pan de oro.
Estas flores aún son la primavera.
Es junio, quizá demasiados años
después. El verde promontorio anula
la privada antesala de la Historia.
Supongamos que todo empezó en Roma…
Llueve en Schönbrunn.
Han transcurrido tantas estaciones
que sólo la maleza, predispuesta,
simula el signo de la persistencia.
Se descubren las horas embozadas
tras los hospitalarios ventanales.
La geometría marca su ritmo.
Entre el laberinto de los setos ruge
el flash incombustible de las cámaras.
El fantasma del longevo monarca
escapa hacia el adentro de su olvido.
Llueve en Schönbrunn
tan lentamente que el sol se presagia.
Y ajusta la pupila del viajero
la certeza amarga de que la muerte
se dibuja con sarcasmo en los charcos.
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