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Jardín Buscado
Un lugar conocido
Anotaciones del viaje
El otoño cotidiano
Geografías
La voz de la Hamada
Cuatro poetas en un tobogán

nómada

nunca despertar en el mismo sitio, dudar
si acaso de la hora, del día que amanece,
y pertenecer al lugar sin nombre
que sucede al espacio ajeno de ayer

en esto se ha transformado la vida

un paso interminable que impide reconocer
el anterior, como si resultase necesario
asir el recuerdo junto el mar calmo
de la infancia, o errar siempre
entre la maleza de cada madrugada

la marcha, que no obedece a un ritmo

hasta aquí hemos llegado, atreverse a decir,
decidirse a plantar las manos
sobre cualquier tierra, en cualquier geografía
de los mapas; incluso, mantener la mirada
fija en los ojos cotidianos
que aún nos son desconocidos
por la justicia del tiempo
y su rutina violenta

mirar al frente, más allá de las cristaleras
de esta oficina de banco, y ver que alguien cruza
un paso de peatones,
y señalar éste como el momento
en que todo debiera detenerse, respirar,
y brindar la dicha a la mañana
de ser avistada al fin

hogar

el puerto que merece el sueño
-dulce derrota tras la retirada-,
donde regresamos tantas veces

nos asalta el detalle, el motivo
que convierte necesidad en rutina
y la hace amable, y la ennoblece

retratados dentro de la imagen,
el perro que sale a recibirnos,
la voz que nos saluda y endulza
los tabiques, el entorno,
el televisor conectado en la sala

una luz se enciende en el pasillo

y nos sorprende ese olor a nosotros
mismos, a nuestro descanso

el puerto que merece el sueño
y la caricia de alguien que allí aguarda
reteniendo impaciente la anécdota,
la clave meditada del deseo
que tal vez imaginamos

que inunda el sosiego

cartografía de un cuerpo

no existió

apenas perdura el espejo
que plantea el tamiz
de su figura

se soñó
como sólo el deseo logra soñar,
y fue amado, tiernamente recorrido,
escrito
en las yemas de los dedos
que no renuncian a la virtud
del trayecto

pero ahora duerme

su dibujo es una estampa amarilla
adormecida en los compases
que respira esta nueva primavera,

la lluvia que miente
en las tardes de marzo

sus manos y esa forma de andar
descalza, con pies levísimos,
describiendo en zigzags la hierba
en la colina del barrio pesquero

el cuerpo de Laura
guarda nostalgias que huyen del examen
y que vuelven,
una y otra vez,
como el sabor ignorado
de las primeras cerezas

el molino de Ruysdael

siempre precedió a la tormenta
el olor a tierra mojada

el cielo, y su lamento gris, no dejan entrever
más noticia que las aspas del molino
y el chasquido opaco de la grava
bajo las madreñas de tres caminantes

se reserva la luz una conversación pasajera,
la curiosa observación del molinero
que muestra su pincelada
al testigo inesperado
que abre la página no sé cuántos
de cualquier libro de arte

y descubre su paisaje, y lo usurpa

no ha de ser muy tarde,
quizá la sobremesa,
pero ha entregado el día
su último hálito

el agua batiendo en los maderos
y un ensoñado sopor de trementina

penúltima lección de Fray Luis

no dijo nada

subrayó con dificultad sus gestos, una mínima
expresión, la sonrisa siempre irónica:
se sabía ya en su Getsemaní particular,
lo rumoreaba todo el mundo

rotundo sonó su nombre como un trueno
en el aula atestada de ignorantes,
algún que otro observador y la delegada
del curso, que todo lo anotaba
en su libreta azul de cuadros gruesos

hasta pronto –dijo, por decir algo-,
y apenas tardó unos segundos
en cruzar el paraninfo hacia la puerta

intuía su regreso algunas lecciones después
y no paraba de mascullarlo entre dientes:

diremos mañana