De mi huida hacia Yathrib, guardo aún algunos recuerdos.
El sabor dulce de las tardes en el desierto, el inconstante dorado de los médanos. Extendí mi vieja alfombra sobre la arena, raída ya por los viajes y ese miedo que todavía me acompaña. Hasta cuándo sufriremos el destierro. He olvidado a mis padres y la casa de adobe encalado de rico mercader, siempre envuelta con perfume de dátiles, té e incienso de Persia. Sueño cada noche con fundar la Ka’ba.
Quisiera ahora conocer todos los nombres de Alá.
(Hégira)
A veces cansan las palabras. Cierro los ojos, o pierdo la visión sobre los monótonos colores de las prendas. En silencio, vuelan las gaviotas sobre el mar.
Sueño con los primeros olivos de noviembre. El aceite rebosante en las tinajas, el paladar jamás percibido de los panales y ese caño de agua fresca. Sé que abundan las cerezas en el cielo ausente del Sahara.
Se repite en mis manos este dolor del atardecer y las grietas que abren una y otra vez el hambre insobornable de los niños, la blanca espuma en la garganta, que nunca desaparece.
Sueño con los primeros olivos de noviembre, no tan lejos de mi hogar en Ausserd.
(Ensoñación)
Aquí siempre es de noche.
Dicen que en el espejo de la aljama de Marrakech se reflejan montañas verdes y un mundo nunca visto. Bajo los pies, reina el pensamiento: la cabeza siempre en reverencia. Algún día, llegará la lluvia y convertirá en barro este polvo rojizo del arrabal donde los ancianos cuentan historias que nos aturden el alma con rencores y desesperanzas.
Algún día nuestra mirada será blanca, como la tiza sobre el encerado.
(Los ojos de Amán)
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